01.06.2017

El día 30 de mayo se celebra la festividad de San Fernando, Fernando III,  que conquistó Sevilla a los mahometanos en 1247. Pero era también el día de Santa Juana de Arco, la doncella de Orleáns, que falleció tal día del 1431.

El día transcurrió sin otra novedad que alguna felicitación por mi Santo, que siempre agradezco profundamente, porque no es poca cosa que otro te recuerde, siquiera sea al paso. Recibí, incluso, la felicitación de un magnífico poeta, que evocaba a San Fernando y a España, entre las de algunos – muy pocos – amigos. Un rasgo de mi carácter es cierta desidia que súbitamente se resuelve en acción. No puedo decir que mi súbita resolución fuera, de ningún modo, espontánea o inmediata. Antecedían muchos años saturados de realidad. Más de tres lustros desde el día en que tras la huella de una página de Borges, leída en la primera juventud, me acerqué a la voz asombrosa de Gilbert Keith Chesterton. Ahora sé que la semilla no podía dejar de germinar y que quedó sembrada en el bautismo, pero Chesterton fue el umbral magnífico, el gran pórtico a un espacio universal y acogedor de cuya comprensión me he ido dotando en las últimas dos décadas. De ningún modo fue un acto irreflexivo o espontáneo, pero sí fue súbito. Dejé de mentirme y arrojé a la cloaca todas las impertinentes objeciones.

Parsimoniosamente me vestí para la ocasión. Estaba solo en casa, mis padres, muy enfermos, no estaban conmigo y su ausencia tras los últimos meses hacía supurar una profundísima herida, que me había estado lamiendo con deleite los últimos días. Mis hijos y mi mujer cumplían con su agenda de tareas y actividades Dejé de atender mi herida y miré la tarde que amenazaba tormenta. Tuve que ir en coche porque aquí las distancias son siempre grandes. Aparqué a unos metros de la parroquia Asunción de Nuestra Señora. Conocía el lugar porque algunas tardes había entrado para rezar; como un extravagante, desconocido y solo. Un templo moderno, de ladrillo amarillo, sin brillo arquitectónico. Sabía bien que bastaba un cobertizo.

Me senté junto a una sala minúscula y aislada por una mampara de madera y cristal, en cuyo centro se encontraba un confesionario. Pero había llegado media hora antes del horario de confesiones. En el lateral, una pequeña capilla contenía el Sagrario. Allí se celebran las misas diarias, casi sin asistentes. Así, la gran sala queda orillada y como desplazada de la Verdad, convertida en un salón de gran tamaño para celebraciones menos reales. Repetí las pocas oraciones que conozco, un resto eficaz de mi infancia. Las repetí una y mil veces. Se cumplió la hora, oía voces en la sacristía pero no me atreví a entrar. Apreté una mano contra otra, con la vista puesta en el Cristo atravesado en una gran Cruz que había a pocos metros. La talla no era especialmente hermosa, pero la imagen tiene siempre una potencia interna, inherente, propia. Finalmente se acercó un sacerdote joven, con paso firme. Le indiqué que esperaba para la confesión, me señaló la sala y el confesionario. Besó y vistió una estola verde.

Recuerdo que me arrodillé ante la celosía y que le indiqué que ignoraba las fórmulas, hacia cuarenta años que me negaba la confesión. Podía sentarme frente a él, pero preferí la posición que ocupaba. Cuando empecé a hablar, vaciándome de una tormentosa y seca pesadumbre, experimienté la delicada sabiduría milenaria – con un fundamento trascendente – que esa situación expresa. Todo había sido previsto y no omití detalles. Despojado y limpio, se me ofreció un tacto sutil y una voz juvenil pero acendrada. No puedo decir cuánto tiempo estuve arrodillado ante la voz del sacerdote cuyo nombre todavía no conozco. Salí erguido y agradecido, con la paradoja sutil de ser el hijo de un hombre más joven que yo. Al regresar a casa, me encontré a mis padres esperándome en la puerta. Sólo mi padre me preguntó de dónde venía. Con media sonrisa de grave seriedad me dijo: ¿Y bien?. Muy bien, respondí, vamos a pasar. Somos gente lacónica.

El mundo sigue igual, pero ya es otro. Recuerdo aquella ocasión en que un viejo filósofo interpretaba perfectamente al personaje central de la mayor novela de Chesterton, concibiéndolo de modo antagónico bien mirara de frente, bien diera la espalda. Esa tarde le vi el rostro al mundo. Se oscurecerá, pero sé que existe la potencia capaz de devolverme a la perspectiva verdadera.

Es asombroso cómo desde hace pocos días tengo la certidumbre de una proximidad. De un lado, la cercanía de pocos amigos que me han llevado al paso fundamental, podría nombrarlos aquí pero no quiero profanar mi más secreta comunidad. Por otro lado, la proximidad de una Voz sin eco, singular. No podría describir cuál es el timbre de la Voz que dice la Verdad.

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