03.07.2017

Gracias.

La vida puede vivirse en un estado de impúdica analgesia. Hoy es común el espectáculo de vidas sobreabundantes y potentes, que se presentan como autosuficientes y autónomas, liberadas de cualquier gratitud, que se quieren sin paradoja vidas soberbias. Son el resultado de la famosa transvaloración: su heroísmo solitario y audaz niega valor a la entrega, a la humildad, a la abnegación, concebidas como inversión decadente de su dominante perspectiva. Es la torva jerga nietzscheana que hoy triunfa entre las masas.

Es cierto que antes que herederos del profeta del superhombre parecen hijos adelantados del capital. Grandes burgueses que se enseñorean de la vida imponiéndole su santa voluntad. Voluntad santificada por su potencia misma: magnates afirmativos y creadores, héroes del liderazgo. Pero tras el vocabulario épico se ve pronto una triste impostura cuando tienes delante el rostro sin figura del señor del mundo, que resulta ser un viscoso inversor o un comerciante de astucia sutil, un gigante del deporte, o cualquier otro astro fugaz que atraviesa el horizonte del éxito post-histórico: adán de la pornografía, creador de nuevas tecnologías que-hacen-la-vida-más-fácil, estridente locutor de radio o presentador en prime time, goleador o tertuliano… Siempre sujetos visionarios que conducen este ocaso un paso más hacia la nada. Tras ellos muchedumbres de impotentes sometidos que anhelan el mismo éxito, el gran triunfo del hombre grande que crea tendencia o la sigue en primera línea. Cualquier negación de sus valores se juzga reacción de un resentimiento débil, minusvaloración y desprecio de impotentes e incapacitados.

He aquí, sin embargo, que la vida no puede vivirse indefinidamente en semejante impúdica analgesia. El dolor es parte substancial de la vida y es parte insondable de la alegría. No hay nadie más profundamente alegre que los graves melancólicos. Y la raíz de esa melancólica fortaleza es una conciencia luminosa del estado de guerra de nuestros días. Batallar es la condición del único gozo, hay que merecer la armadura espiritual con que vencemos, hay que honrar nuestra fe en la victoria última y real, capaz de trascender la áspera resistencia de los días. Caer para vencerse y volver a erguirse, afrontando el feo rostro del Soberbio, bajo el signo de la única victoria que perdura. Miente el sonriente y falso soberano que murmura ese carpe diem, convertido en consigna de enfermizos e ignorantes. Sólo gana la vida quien la pierde o la entrega en la batalla abismal, que cada día se rompe en el silencioso fragor de la oración o del trabajo y en la tensión callada de un silencio que no concede descanso.

Por mi parte, soy vencido siempre, una y otra vez caigo con una sonrisa feble de imbécil y derrotado. Me satisfago con mi vano quehacer diario, olvido el doloroso acero del tiempo, me abandono sin desasimiento real: simplemente me relajo. Una y otra vez me dejo hundir en el abrazo cálido de la nada y doy la espalda a mi propio gesto bestial y degradado, porque no quiero verme y me anonado plácidamente.

Gracias a Dios, tira de mí un hilo espiritual que es como un látigo radiante y doloroso. Entonces sonrío entre las llagas de la culpa porque veo gritar y escupir su asco al Señor de la Soberbia. No conozco mayor felicidad que el doloroso acto de vencerse en el silencio, ante el convulso movimiento de esa invertida y endemoniada forma, de esa sencilla perversión que se esconde tras toda vida sin gratitud y sin entrega. Esa dura cadena que agradezco se fortalece con la oración de los amigos o con su presencia fraternal. Ellos son también una bendición de Dios.

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2 respuestas a 03.07.2017

  1. Natasha dijo:

    Todos nos caemos y nos levantamos y nos volvemos a caer y nos levantamos otra vez y nos caemos de nuevo, cuarenta veces, cuarenta mil veces siete. Pero qué alegría tan grande es leerlo y leerte..

    Le gusta a 1 persona

  2. Fernando Muñoz Martínez dijo:

    Querida Natasha.
    Agradezco todos y cada uno de sus comentarios y me alegra profundamente su alegría.

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